“Aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible.”, esta es la tercera acepción para el verbo atender que figura en el DRAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua). Atención, en el mismo diccionario, tiene estas dos primeras acepciones: Acción de atender; Cortesía, urbanidad, demostración de respeto.

Si bien conozco el significado del verbo atender, recurro a la definición con el fin de entender el porqué de su cada vez menor aplicación. Sabemos que los Sapiens somos muy dispersos, vale decir que respondemos a la menor distracción y que esta característica, a decir de algunos estudiosos, nos ha permitido sobrevivir como especie. Sin embargo me preocupa el detrimento de esta capacidad sobre todo en dos momentos: cuándo hay que atender una clase y cuando hay que atender la presentación de nuestros hijos o nietos.

Observo con marcada preocupación en las charlas que doy, que duran normalmente entre una hora y poco más, a los asistentes con sus telefonitos en alto grabando mi exposición. No se cansan, no se acalambran, persisten sostenidamente hasta el final. Ellos no han atendido, han registrado la charla para, supuestamente, atenderla en sus casas. No me han mirado, no han vivido el intercambio, se han perdido la comunicación empática, el entender, el cuestionar en el instante lo que yo he ido diciendo. Hace unos días en una exposición ante unas doscientas personas, la tercera parte del auditorio estaba con los telefonitos en alto. Pasa también en la educación superior, algunos alumnos le toman una foto a la pizarra (lo que puede ser útil), otros graban la clase entera (lo que casi con seguridad es inútil, ya que, si no entendieron al profesor en vivo y en directo, con menor razón lo harán en diferido).